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Familia de Acayucan, entre el primitivismo y la fe

elmanifiesto.com.mx
agosto09/ 2016

** Una especie de nido de gallina o algún otro animal es la cama donde duerme Enrique. Una casuchita de no menos de un metro y medio cubierto de hule transparente y varitas. Esa es la “casa” donde pasa sus noches y días Enrique, quien porta una playera descolorida que da el PRI en los tiempos de campaña política.

** Es como si de pronto nos trasladáramos a otro país. A otro mundo. A una historia más del México de las alambradas cuya peonada es el alma de las grandes haciendas de los terratenientes porfiristas.


Por Enrique Quiroz García || Acayucan, Ver.

 

Con un aproximado de 470 habitantes, Monte Grande es una comunidad que pertenece al municipio de Acayucan. Esta comunidad es paso obligado a la sierra de Soteapan, donde se encuentran los municipios, el primero el que le da el nombre a esta región, luego Mecayapan, Tatahuicapan y Pajapan, cuyas lenguas originales son popoluca, zoque, náhuatl y mexicano.

 

En Monte Grande, las familias viven del campo y algunas, los menos viven empleados en la ciudad de Acayucan, algunos otros se encuentran en los Estados Unidos de América, en busca del ansiado sueño americano.

 

En Monte Grande, vive Gloria Anteles Hernández, de 70 años de edad y 3 de sus 5 hijos: Mario, Enrique y Paciano. Santa y Florencio se encuentran casados y viven en otro lugar.

 

Gloria y sus hijos viven en la miseria.

La "casa" de Enrique, parece más un nido de gallina que una cama.
La “casa” de Enrique, parece más un nido de gallina que una cama.

Al llegar a Monte Grande, camino sobre la calle 16 de septiembre para luego continuar mis pasos a la calle 20 de noviembre y entrar al callejón La Calentura. Sigo al licenciado Victorino Hernández Antonio que a su vez sigue a Gloría acompañado de otras mujeres del pueblo.

 

Allí, al fondo del callejón una pared de milpa parece regocijarse tras el movimiento del viento en la tarde que irremediable alardea en el callejón La Calentura.

 

Dos casuchas y unos ladridos nos dan la bienvenida.

 

Gloria, nos convida de su intimidad.

 

Nos muestra su pobreza con el heroísmo que da los avatares de la vida.

 

La Calentura, está a unos pocos pasos de casas de material con los servicios básicos.

 

Es como si de pronto nos trasladáramos a otro país. A otro mundo. A una historia más del México de las alambradas cuya peonada es el alma de las grandes haciendas de los terratenientes porfiristas. En el callejón La Calentura no ha pasado el tempo, es como si Monte Grande desapareciera en la esquina de ese callejón con la calle 20 de noviembre, en la manzana número 40 de esa comunidad de las 45 que conforman a Acayucan.

La huella del partido oficial en su paso por las viviendas pobres de México.
La huella del partido oficial en su paso por las viviendas pobres de México.

Ellos nacieron un día que Dios estaba enfermo, grave, poetiza Vallejo.

 

MI ESPOSO ME PEGABA Y HUÍ: GLORIA ANTELES

 

Gloria Anteles Hernández, dice tener 70 años de edad y ser originaria de Campeche y haber sido asentada en la ciudad de San Andrés, Tuxtla. Tiene, asegura, 40 años de vivir en Monte Grande:

 

“Estamos un poco bien, nomás por las casas que se nos mojan”, asegura inocente, sorprendida.

 

Y nos adentra en su historia de vejaciones y pobreza:

 

“Fíjese que se portó mal mi esposo y me pagaba measiya, y entonces yo agarré me dije yo me voy a ir de plano, ¡ahí ustedes saben chamacos si se quedan! Dicen, ¡no mamá nosotros nos vamos con usted! Ya mi hija Santa y todos estos, Florencio también que está por ahí, nos vamos les digo y por eso estamos aquí…

 

-¿Aquí vive su mamá? –Le cuestiono.

 

-Aquí vivía mi mamá Inocencia Hernández… ¡Ya murió! –Responde.

 

-¿Cuántos hijos tiene, doña Gloria?

 

-4 muertos –comenta

 

-Y Florencio, contesta uno de sus hijos.

 

-¿Florencio está vivo? –expresa sorprendida.

 

-¿5 hijos?

 

-Y Mario, que está un poco enfermo.

 

-¿Qué tiene Mario?

 

-Tenía nervios… -Contesta-.

 

Mientras sus hijos Enrique y Paciano, flanquean la casucha y a su madre, miran de vez en cuando la derruida construcción en cuyo interior se encuentra Mario, quien tal vez escucha la conversación tras los harapientos trapos y pedazos de láminas y varitas que sirven de paredes a la casita que lo guarda…

 

-¿Qué edad tienen sus hijos? –Pregunto a Gloria.

 

-Yo tengo casi los 48…yo ando en los 35, contestan Enrique y Paciano, cruzando la mirada que va desde la sorna a la sorpresa e inocencia…

 

-¿Tiene hijos casados?

 

-Nooo, son solteros todavía, contesta Gloria. Más que mi hija Santa y Florencio, ese vive con Josefina. Mario no, ese está enfermo, se enfermó de los nervios que le había pegado de una luz que vio –en el cuadro de una luz que vio –interviene Paciano- de eso se enfermó Mario, recalca y ataja Gloria: Cuando veníamos todo estaba bien; pero ya aquí vino a enfermarse. ¿Quién sabe qué sería? Se puso mudo; pero ahorita ya un poquito, entramos a la hermandad y ya un poquito…

 

-¿Son religiosos?

 

-Sí. Entramos a la hermandad.

 

-Platíqueme doña Gloria, ¿cómo le hacen cuando llueve, cómo logran guarecerse del agua?

El licenciado Victorino Hernández Antonio que junto a ciudadanos se unieron para hacer menos terrible la vida de la familia de Gloria.
El licenciado Victorino Hernández Antonio que junto a ciudadanos se unieron para hacer menos terrible la vida de la familia de Gloria.

-Mi hijo duerme allá atrás –estira la mano derecha y señala una construcción de varitas y hules transparente, mientras Paciano contesta: nos gusta vivir aparte, expresión que va más allá de la jactancia y cae irremediablemente en la inocencia.

 

Les pido me acompañen a donde Enrique dice vivir aparte. Sigo a Gloria en una veredita y a pocos metros llegamos a la vivienda de Enrique.

 

Una especie de nido de gallina o algún otro animal es la cama donde duerme Enrique. Una casuchita de no menos de un metro y medio cubierto de hule transparente y varitas. Esa es la casa donde pasa sus noches y días Enrique, quien porta una playera descolorida que da el PRI en los tiempos de campaña política.

 

HAY VÍBORAS PERO LAS MATAMOS

 

-¿Recibe usted algún tipo de ayuda del gobierno? ¿Qué tipo de ayuda recibe? –Cuestiono a Gloria.

 

-Sí, de 75 y apoyo de Próspera.

 

¿Hay víboras aquí?

 

-Sí, pero las matan mis hijos.

 

¿Qué tipos de serpientes han encontrado?

 

-Pues, coralillos, sordas, -contestan al unísono los 3.

 

¿En dónde cocina, doña Gloria?

 

-Aquí, -señala al interior de la casita y agrega –Tenía mi fogoncito pero se me cayó…

 

-¿A qué se dedican ustedes? –pregunto a Enrique y a Paciano.

 

-Limpiamos potreros, al campo –contestan ambos-

 

-Ahí nos vamos a la pobreza –Ataja Gloria, melancólica…

 

MARIO ESCARBA EN LA TIERRA Y AHÍ SE DUERME: VECINOS

 

Los vecinos de Gloria están enterados de la enfermedad de los hijos de esta.

 

De Mario aseguran que una vez que vio una luz en el cielo perdió la razón y dejó de ser el muchacho sano que era.

 

“Escarba en la tierra y ahí se acuesta”.

 

“Doña Gloria hace abanicos para vender o vende aguacatitos y de eso viven”, aseguran.

 

No es de humanos la manera en que esta familia vive.

 

Expuestos a la intemperie.

 

Enfermos, sin ayuda de autoridad alguna.

 

Los programas de asistencia social resultan un membrete ante la realidad de la familia de Gloria.

 

La hermandad los alivió un poquito, asegura.

 

Dios tal vez no lo sepa, pero esto no es el paraíso ni se le parece.

 

En días próximos con el apoyo del licenciado Victorino Hernández Antonio y del comité formado en la comunidad para apoyar a esta familia, techarán con láminas de zinc un cuartito dormitorio de material que servirá de vivienda a esta familia que entre los árboles y el lodo ven pasar la vida, allí en el callejón de La Calentura, donde el primitivismo y la fe se abrazan fraternos.

 

 

 

 

 

 

 

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