No sin pesar constato a menudo la capacidad humana para jugar al teléfono descompuesto. Interpretamos a nuestro antojo, pasando el mensaje por el tamiz de nuestros prejuicios y preocupaciones individuales, haciendo gala de apatía e idiotismo…


 

Por Cecilia Muñoz

 

No sin pesar constato a menudo la capacidad humana para jugar al teléfono descompuesto. Interpretamos a nuestro antojo, pasando el mensaje por el tamiz de nuestros prejuicios y preocupaciones individuales, haciendo gala de apatía e idiotismo… en el sentido griego de la palabra (“idiota: el que no se ocupa de los asuntos públicos, sino sólo de sus intereses privados”). No importa cuán claro y conciso sea el emisor, para su desesperación y desaliento, con frecuencia se encontrará con receptores que oigan, que nunca escuchen y siempre compongan. O bien, con esos que se salen por la tangente e ignorando el núcleo del asunto tratado, se desvíen a temas que nada tienen que ver con la conversación pero que defienden con un ardor que llega a tornarse agresivo.

 

 

Tal fue el caso cuando, por un medio periodístico, se anunció y se convocó a la marcha que este pasado viernes alumnos de la UV llevaron a cabo en defensa de la universidad, la cual desembocó en la Plaza Regina Martínez ―o Plaza Lerdo, según el ciudadano―. Por supuesto, el tema que este anuncio pretendía poner sobre la mesa era el agravio financiero perpetrado por el Gobierno veracruzano a esta casa de estudios, pero los comentaristas de las redes sociales no dejaron pasar la oportunidad de opinar de todo tipo de cuestiones desprendidas de aquél: que si estudiantes flojos y revoltosos, que si el tráfico que se generaría, que si más tranquilo es el diálogo… y, el mejor de todos: “cada vez que leo plaza Regina, llamada así nada más porque sí, me da cáncer en los ojos, ¡se llama Lerdo!”, comentario aplaudido y apoyado por otros tantos internautas que expresaron ser de la misma opinión.

 

Si bien el tema principal de la noticia era la marcha convocada por alumnos universitarios y sus razones para organizarla, las citadas palabras, su calurosa aprobación y los comentarios jocosos de admiración y felicitaciones, no pudieron pasarme desapercibidos. Después de todo, ¿aquel “nada más porque sí” no habla de una completa falta de empatía no sólo con Regina Martínez y sus deudos, sino con los otros 16 periodistas asesinados, así como sus familiares y colegas, durante este gobierno estatal?

 

Cuando periodistas veracruzanos decidieron renombrar la Plaza Lerdo como Plaza Regina Martínez no actuaban “nada más porque sí”. Tras sus acciones se podía leer, en primer lugar, la pérdida de fe en los mitos nacionales, tan ensalzados por esos libros de texto que procuraron fomentar nuestro nacionalismo, ya tan obsoleto ante un presente poco estable y desesperanzador. ¿Qué significa Sebastián Lerdo de Tejada para quienes pisan la plaza y se ven rodeados de manifestantes, custodiados por los edificios representantes de los poderes más añejos y ajenos al ciudadano común?

 

Probablemente temerosos por sus propias vidas, pero lo suficientemente indignados y furiosos, los periodistas veracruzanos escogieron un sitio emblemático de Xalapa para hacerse oír: la plaza pública que se ubica frente al Palacio de Gobierno, donde las protestas ciudadanas tienen lugar, pues ¿dónde más serán visibles y escuchadas por quien interesa que las escuche?

 

Renombrar la Plaza Lerdo, Plaza Regina Martínez tiene algo de tristemente poético: hacer de la plaza de las protestas una protesta en sí misma; extraer de su esencia de sitio público el símbolo y aprovechar su naturaleza, inamovible, para ver arder la furia frente a quien se le pide que detenga los motivos de ésta.

 

Renombrar la Plaza Lerdo, Plaza Regina Martínez, a pesar de la falta de papeles, a pesar de la resistencia legal, no fue un capricho animado “nada más porque sí”. A veces hay que salir de nuestros ombligos y comprender lo complicado que resulta respetar “las formas” y lo establecido cuando las leyes están escritas, pero no son ejercidas.

 

Especialmente si los perjudicados son quienes se atreven a hacerlo notar.

 

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