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Julián Bibiano Salvador. (Polico)

elmanifiesto.com.mx
mayo11/ 2020

Déjame que te cuente…
Por Sergio M. Trejo González
No es el primero ni será el último de los neveros, pero es mi amigo.
Digo, porqué ahora todo mundo resulta cronista y quiere dar a esta vena de escribir garabatos, no sé, como cierto aire de intelectualidad, para proyección política o con perspectivas de negocio, cuando que el chiste es disfrutar la charla confianzuda, nostálgica y chingona, entre buenos vecinos del Acayucan subjetivo y sentimental: Aquellos con quienes aplanábamos calles hace más de medio siglo.
«Polico», así le conocemos a Julián, resulta, de esos vecinos a quienes se puede saludar sin fintas y sin poses.


Uno de nuestros neveros del pueblo.
Su negocio de helados lo denominó circunstancialmente «La Esperanza».
El nombrecito, dice, responde a la condición que tuvo para registrarse en salubridad y había que cubrir un protocolo sanitario.
Todas las carretillas y carritos, pasaron revista y, con cierto riesgo de obstáculos o requisitos, acudieron al hospital los expendedores de paletas y bolis y nieves.
Su esperanza de la patente se cumplió.
Polico, un personaje clásico de nuestra ciudad, combina su quehacer de fabricación y reparto de helados, con actividades del campo que le permiten proveerse de lo necesario para cumplir honradamente las necesidades de su familia.
¿Quién no conoce a Polico?
Se le mira plácido entre el ruido y la prisa, sin temor alguno a la contingencia provocada por el coronavirus.
Jalando para allá y para acá, su tambito de acero donde se fabrica sus nieves, de todos los sabores y muchos colores. Conoce todos los trucos habidos y por haber, para la extracción, conservación y elaboración.
Subraya, con énfasis y autoridad y sabiduría:
«Mi nieve no se quema».
Polico, le llaman, es su apodo herencia de su señor padre, Don Policarpo Bibiano Bernabe, quien obviamente si era un «Polico» natural, original y fehaciente.
Julián, lo recordamos, desde cuando vendía, casa por casa, «El Crisol», un periódico, que se imprimía en lo que ahora es la imprenta «Rafaga», del señor Rafael Pavón Bremont.


Se inició en el negocio del hielo, con el inolvidable don Pedrito Garibay. Compraba las paletas a 5 centavos para mercarlas a 10 centavitos, chiquitos y valiosos.
Por supuesto que la inversión era pedalearle por las calles hasta agotar existencia.
Un titipuchal de anécdotas conserva y retiene don Julián, de gentes y de cosas que lamentablemente se van cubriendo por el polvo de los tiempos.
Menester es señalar que aprendió solito, en la técnica de echando a perder hasta encontrar el punto.
Tiene sus trucos para que su nieve salga más sabrosa que cualquiera: «Al dente».
Polico, casualmente cumple 68 años el próximo 27 de mayo, no piensa celebrarlo, pero nunca se sabe.
Su servidor lo recuerda en mucho, de cuando pasaba por donde estaba la Cruz Verde, antes de que hubiera cancha y capilla.
Estudiaba, en la Benito Barriovero, hasta el segundo año nomás. Tenia su casita en la calle Madero 605. En la subidita entre Hilario C. Salas y Belisario Domínguez.
Con un chingo de parientes que se han ido jubilando del planeta.
Ahora le solicito mi helado de chocolate, en barquillo, me lo despacha, copeteado, especial… se despide con esa sencillez maravillosa de la gente trabajadora, llanamente admirable. Como un hermano de camino hecho con el andar, junto a la gente de nuestros barrios, de toda la vida que llevamos tratándonos en nuestra ciudad, lugar a donde orgullosamente pe

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