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Las voces de tu cuerpo caen oscuras: Carlos Alemán

elmanifiesto.com.mx
julio26/ 2020

Por Rubén de Leo

 

En memoria a Carlos Alemán, poeta de Coatzacoalcos.

 

Al poeta Carlos Alemán lo conocí un día lluvioso en Coatzacoalcos, en el viejo faro de Allende. Ahí compartimos una mesa de lectura en uno de los encuentros literarios que organizaba la Unión Estatal de Escritores Veracruzanos.
Ante de leer sus textos, que muchos no entendían por su construcción tradicional, en la que mezclaba innovaciones en el verso clásico, (buscaba una nueva medida y un nuevo ritmo con hemistiquios y cesuras), fumaba aprisa un cigarrillo en los barandales del museo que viento del norte cimbraba su cristalería, mientras abajo el mar hacía lo mismo.

Carlos Alemán, poeta de Coatzacoalcos, ignorado por la Unión Estatal de Escritores Veracruzanos

Los ventarrones del “norte” que del mar entraban furibundos al puerto, por esa ventana de agua y aire que es la desembocadura del río Coatzacoalcos, devolvía a Alemán las cenizas de su cigarrillo que ardía y humeaba más que las torres de petróleo con sus penachos negros, dando un aspecto fúnebre y melancólico al acomplejo “Pajaritos”.
Entre la borrasca marítima y las partículas de petróleo quemado suspendidas en el aire -lo que da la apariencia de un eterno nublado en la ciudad- sobresalía a contraluz la figura quijotesca de Carlos Alemán. Los reflectores del museo y la gran luminaria del faro recortaban la figura alta, delgada y melancólica de Alemán.
Su aspecto físico -cabellera larga y barba rala que colgaba de su mentón como una bandera raída, deshilachada por el viento, no era lo único que lo asemejaba al Caballero de la Triste Figura, al hidalgo de La Mancha. Su ideal de la vida y su gran interés por los libros, por la lectura voraz de novelas y poemarios lo llevó a no sólo a escribir textos literarios -algunos cuentos y centenares de poemas (sonetos), si no a decidir por una vida libre, sin apegos materiales y llenas de aventuras literarias.
Era el verdadero bardo de barrio de Coatzacoalcos, aunque algunos del medio literario lo tenían como paria -por su apariencia y modo de vivir-, de ahí su marginalidad en las letras veracruzanas.
Alemán, con estudios básicos, no tenía un empleo fijo o seguro. Intentó colocarse en el medio, en alguna biblioteca o sala de lectura, pero el acceso al empleo le fue denegado. Su apariencia no le ayudaba. Así que no le importó el rechazo social que en ese entonces imperaba en Coatzacoalcos (1997). (Y sigue imperando). Así que decidió auto emplearse.
Muchas veces lo vi en las calles, recolectando latas de cervezas, botellas de plástico, cartones, pedacerías de vidrio, pedazos de fierro de cobre, cables y otros objetos que acumulaba en el patio su casa.
“Vente a trabajar conmigo, se gana bien en este negocio de latas, me dijo una vez que lo acompañé con unos costales para recoger botellas por las avenidas Hidalgo y Zaragoza. La intención era ir hasta al basurero al aire libre “Las Matas”, en las inmediaciones del pantano. Pero no dio tiempo, entró de nuevo el “norte” y Coatza se llenó de arena en un instante. “Nos empanizamos”, expresó mientras agitaba su enorme melena y se la amarraba con una liga o cordel de un zapato.
Algunas veces, por temporadas, Carlos Alemán vivía solo, en cuarterías de barrios. Otras, en la casa de su madre, donde tenía una pequeña habitación llenas de libros y pasaba muchas horas solo, encerrado en la lectura. A veces, de tanto leer, se le olvidaba comer. Y cuando lo hacía, no tenía apetito y deglutía los alimentos con pereza. Alemán, además de escritor, fue un gran lector. Cuando le interesaba un libro, no lo soltaba, hasta terminarlo. Así es como amanecía muchas veces, leyendo. De ahí sus grandes ojeras que lo aparentaban de mayor edad. Lo conocí como un joven inquieto, a los veintiún años, pero tenía la apariencia de 30. (Cuando falleció de un mal estomacal, por casi no comer y mucho leer, tenía 34 años).
Un par de meses, antes de su muerte (2010) tuvimos una larga charla sobre su obra literaria. Tenía una enorme preocupación por mejorar su trabajo y estaba inmerso en un proyecto personal de innovación del verso medido en el soneto clásico.
“Voy a construir mi propio verso medido, con algunos elementos del verso blanco. Me interesa reconstruir el verso alejandrino, trabajar el hemistiquio, el pie quebrado, la cesura y la acentuación poética para darle un nuevo ritmo al soneto”, me dijo otro día bajo las palmeras de la antigua central camionera. Ahí nos citábamos algunas veces para charlar sobre literatura, revisar sus trabajos, prestarles algunos libros o bebernos unas cervezas en las cantinas que están frente al ADO.
Nos citábamos ahí porque yo venía de paso de Tuxtla Gutiérrez a Acayucan, y hacía escala en la terminal del puerto para charlar con Alemán y atender sus preocupaciones literarias. Claro, por internet tuvimos intercambios epistolares y acordábamos la fecha de cita que quedaba siempre abierta, por los reducidos tiempos que me daba el periodismo en Chiapas. Por ese motivo, la visitas al terruño era cada vez más espaciadas. Así que Alemán aprovechaba mi recorrido para solicitarme algunos libros que lo ayudaran a su ambicioso proyecto. Él, de forma autodidacta, ya había leído muchos libros sobre poética, versificación y teoría literaria, así autores clásicos de los Siglos de Oro español y poetas mexicanos que trabajaron la imagen y el verso medido, entre ellos Manuel José Othón, Ramón López Velarde, Salvador Díaz Mirón, Rubén Bonifaz Nuño y algunos poetas latinoamericanos de las corrientes del romanticismo y modernismo, entre ellos el nicaragüense Rubén Darío.
Como en Coatzacoalcos y en todo el sur de Veracruz, en ese entonces no existían librerías literarias (hoy sobrevive la librería Porrúa) y las escasas bibliotecas tenían -tienen- pocos libros sobre literatura, decidí prestarle algunos textos sobre la materia, para que tuviera un poco de formación literaria.
Le interesó en gran medida los libros de Dámaso Alonso, (“Estudios y ensayos gongorinos”, y un mamotreto de él), los de Carlos Bousoño, (Teoría de la expresión poética, entro otros) y, en especial, la obra de Tomás Navarro (El arte del verso). Así como libros de poesía de Federico García Lorca, Miguel Hernández, Octavio Paz, Leopoldo Lugones, José Asunción Silva, entre otros poetas clásicos y contemporáneos de Hispanoamérica.
Como le interesaba mucho la literatura (raro en la juventud veracruzana), traté de convencerlo que terminara la preparatoria para que estudiara una carrera literaria, ya sea en Xalapa o en Tuxtla, donde yo conocía la carrera de Lengua y Literatura Hispanoamericana, pero, con su característica mueca y sonrisa irónica o burlesca, me hizo una seña con su mano derecha, doblando haciendo un semicírculo los dedos índices y pulgar, que parecían cerrar el círculo con sus largas uñas.
-¡Consigue una beca! -le dije. Ve al IVEC o que la Unión Estatal Escritores Veracruzanos te apoyen. (pertenecía a esa asociación literaria).
¡Chttt!-respondió, al tiempo que estiró hacia arriba la comisura de uno de sus labios y con un ademán propio de su estilo, dobló en el aire su brazo hacia atrás.
Para distraerlo de su mala fortuna, lo invité al viejo malecón a comer mojarras fritas y bebernos unas cervezas frente al viejo faro de Allende, mientras mirábamos pasar los barcos cargados de petróleo. A Carlos le hacía reí el vuelo pesado de los pelícanos y su enorme boca abierta. “Parecen bobos”, decía y se carcajeaba. Era el único modo de borrarle la irónica sonrisa de su rostro.
Nos despedimos sin saber que era la última vez que platicaría con él. Tiempo después, por boca del poeta Quiroz me entero de su fallecimiento. muchos dicen que murió de hambre o por no comer a sus horas (se traspasaba mucho). “Era un faquir”, decían. Otros, por una grave enfermedad gastrointestinal. Lo cierto es que Alemán fue un verdadero poeta, dejó una vasta obra literaria inédita. El filósofo, escritor y académico Samuel Pérez García, publicó una selección de ella, en su editorial Temoayán. La obra publicada (autorizada por sus familiares) se agotó en los primeros días de su publicación. La mayoría de su obra literaria aún está inédita.
Ojalá el IVEC o alguna asociación literaria se interese en su publicación. Tengo sus poemas en mi archivo. Así Carlos Alemán, tendrá una nueva sonrisa y seguirá mesándose su larga barba rala, en los “nortes” del sur cósmico.

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